Las soft skills que aprendí gracias a un poema de Kipling

El colegio donde estudié era muy quisquilloso con la enseñanza del inglés.

De hecho, durante casi todo mi paso por este, el propietario (que era peruano) fungía como director general pero había siempre un súbdito británico ocupando la posición de Director de Estudios y manejando en la práctica toda la marcha del colegio.

Debido a ello, el horario de clases estaba dividido en dos: Durante la mañana, cursos en español y por las tarde, todos en inglés, impartidos por profesores que ni siquiera entendían lo que decías si pretendías hablarles en castellano…

Era un tormento al principio, pero con el paso del tiempo, me habitué a hablar y hasta pensar en Inglés. Me di cuenta de ello hace poco, revisando un viejo ejemplar de “Macbeth” (en inglés obviamente) que usaba en la secundaria. Como estaba escrito en jerga del S. XVI, había palabras y frases difíciles de entender. Pues bien, para ayudar a mi comprensión, anotaba el significado de esas palabras raras al margen del texto. Mis anotaciones de puño y letra están hechas TODAS en inglés.

¡Una cosa de locos!

Yo siempre estuve muy orgulloso de mis avances en aprendizaje de esa lengua, tanto que me jactaba de casi no tener que estudiarlo, porque me fluía de una manera natural, como si hubiera sido mi lengua natal en alguna vida anterior.

Fue por ello que me sentí complacido aunque no sorprendido, de que en tercer año de secundaria me incluyeran en un sub grupo de nerds con mejores calificaciones en inglés y me hicieran estudiar una currícula diferente, orientada a prepararme para rendir un examen de certificación que tomaba en Lima una vieja universidad británica.

Ni que decir que me preparé con ahínco, aunque estaba seguro de que el tan temido examen de certificación sería para mí un mero trámite. Al fin y al cabo a mi casi me habían destetado con Single Malt, allá en los Highlands; o por lo menos eso sentía.

Cuento corto: Llegado el día del examen -que era larguísimo y con varios formatos diferentes- me fue fatal y fui desaprobado. Creo que fui el único de mi grupo de estudio que fracasó tan clamorosamente.

Paradojas de la vida, el proceso de superar el fracaso fue doloroso y largo, pero tuve la inesperada ayuda de otra pieza clásica de la literatura inglesa. El Poema “If” (“Si”) de Rudyard Kipling (1).

Mi opinión (y que aquí me excusen los expertos) es que dicha pieza más parece un panfleto de autoayuda que una obra literaria. Es grandilocuente, exagerada y muy sonora. Además, se presta a la dramatización de quien la recite. Pero no obstante ello, por alguna inexplicable razón, cuando llegó a mi conocimiento, un par de años antes de esta anécdota del examen fracasado, me lo aprendí de memoria. De cabo a rabo.

El asunto es que mientras me auto azotaba por haber fallado en un examen tan básico, yo que me creía un superdotado en inglés, resonaba en mi cabeza uno de los versos del If Kipling:

“If you can meet with Triumph and Disaster, and treat those two impostors just the same;”(2)

Pues si, para la lógica del autor, que yo comparto, el triunfo y el desastre son casi dos caras de la misma moneda y no tiene sentido darles demasiada importancia.

Esto ocurre porque ni una ni otra situación dependen exclusivamente del esfuerzo propio, sino que están rodeados de una serie de otras circunstancias sobre las que no tenemos control. Podemos dar nuestro mejor esfuerzo conscientemente y aun así no tener éxito. Podemos -de otra parte- alcanzar victorias inesperadas por golpes de suerte.

Sin embargo, hay una cosa curiosa, sobre todo respecto del desastre o la adversidad. Los seres humanos tenemos respecto de él, la misma percepción que tenemos para con la muerte: somos conscientes de que ocurre, pero no queremos ni pensar qué nos sucederá a nosotros. Es por ello que la negación es la primera reacción que tenemos al momento de “meter la pata”.(3)

En el fondo de esta manera de pensar se encuentra, de acuerdo a algunos expertos (4), se encuentra la vergüenza, una emoción muy desagradable que genera sentimientos negativos sobre nosotros mismos, tales como ser una mala persona o un ser defectuoso o imperfecto.

Susan Tardanico (5) tiene cinco consejos (Leer If es otro, no de ella sino mío) para cuando tengas alguna contrariedad o hayas cometido un error y quieras sobreponerte con rapidez:

  1. No te lo tomes personal: Tienes que acostumbrarte a separar el fallo de tu identidad como persona. El solo hecho de no haber encontrado (todavía) una manera exitosa de hacer las cosas, no quiere decir que eres un fracaso. No confundas dos situaciones que están absolutamente separadas entre sí: Si no trabajamos en tenerlas apartadas, vamos a afectar nuestra autoestima y confianza
  2. Aprovecha la situación: Analiza del modo más desapasionado posible el fallo ocurrido. Retira del proceso tus emociones (ira, negación, culpa, frustración) y pregunta: ¿Por qué falló? ¿Se debe a causas que estuvieron completamente fuera de tu control? o ¿hubo algo que pudiste controlar y dejaste pasar por alto?. Toma notas y define cómo puedes usar estos aprendizajes para seguir adelante.
  3. Desapégate: Por más que pienses 24/7 en tu fallo, eso no va a cambiar los hechos. Solo va a mantenerte atrapado en sentimientos y emociones que afectarán tu capacidad de recuperarte. No podemos cambiar el pasado pero si podemos crear condiciones para un mejor futuro. Dedícate a ello.
  4. Libérate de la necesidad de aprobación: Lo que nos sucede a la mayoría es que pensamos que los errores y fallos van a ocasionar que los demás nos pierdan el respeto y la estima. Una persona amiga me dijo alguna vez: “En el mundo hay dos tipos de personas: Quienes te tienen estima y quienes no. Hagas lo que hagas, ninguna va a cambiarse de bando”. Si concedes demasiado poder a las opiniones de terceros sobre ti y lo que haces, verás afectada la fuerza con la que acometes tus proyectos.
  5. Cambia el punto de vista: Nos han acostumbrado a pensar que el fallo y el error son situaciones negativas que revelan nuestra incapacidad. Cada vez que cometas uno, intenta formular de distinta manera el problema. Quien nunca se equivoca es que nunca hizo nada. Ten en cuenta que estás ganando aprendizajes gracias a tus errores.

Nuestro tema de hoy tiene que ver con dos habilidades muy importantes: Resiliencia (O capacidad de recuperarse de las adversidades) y Asertividad (Que es la habilidad de prestar más atención a los propios sentimientos y dejar de depender de las de los demás. Si quieres saber más al respecto, te invito a revisar los cursos digitales que tengo publicados en la sección de CURSOS. Si crees que esta información puede ser de utilidad para alguien, no dudes en enviarle esta carta. No olvides seguirme en redes sociales como @theskillsdude. Tambien puedes suscribirte a mis canales de Youtube y Tiktok.

Escrito por Francisco Grillo Arciniega

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